Clemente Romero Olmedo, México: la diáspora constante
La historia de mis ancestros dice que existió un tal Lucas Romero, quien llegó de alguna comunidad española hace un par de centurias, arribó a una zona semidesértica del estado de Puebla y le dijeron que todo era suyo, hasta donde alcanzara su vista: el paisaje estaba repleto de cerros y de barrancas, vegetación generosa en espinas, tierra inhóspita, clima extremoso, lluvia de temporal dos meses al año. Todo y nada es tuyo. Así era y es el ambiente del sureste de Puebla y del norte de Oaxaca.
Con perfiles más o menos semejantes, millones de españoles llegaron a Nueva España y al resto de Latinoamérica en búsqueda de nuevas gracias, de vida y de fortuna. Estos emigrantes se casaron y se mezclaron con los naturales, los esclavos africanos y algunos orientales. Algunos se embarcaron para cruzar el Pacífico y colonizar las Filipinas, para que en los dominios del Rey jamás se ocultara el sol. Pagaban el quinto real a un Rey al que jamás conocieron y que jamás los visitó, obedeciendo pero no cumpliendo sus ordenanzas. Años después, sus descendientes nos denominamos mexicanos, casi todos hablamos español y en su mayoría somos cristianos. Ésta es una síntesis chabacana de los resultados migratorios de tres siglos de Nueva España.
Ya bautizadas estas tierras en el siglo XIX con el nombre de México, la recepción de migrantes europeos cesó prácticamente durante toda la primera mitad del siglo XIX, no obstante el deseo de los gobiernos liberales, conservadores, centralistas y federalistas de atraer migración europea.
La migración de los mexicanos durante las primeras cinco décadas del siglo XIX hacia el sur del continente fue inexistente; y, hacia el norte, marginal. Los dos puntos principales de atracción de migrantes en el siglo XIX estaban a miles de kilómetros de las fronteras mexicanas: Estados Unidos, en el norte, y Argentina y Brasil, en el sur. Y México no fue visto como tierra de oportunidades por la migración europea. Guerras intestinas entre centralistas, federalistas, liberales y conservadores, invasión norteamericana en 1846-1847, guerra civil de 1856 a 1861, intervención francesa de 1862 hasta 1867 hicieron de México un Estado convulso y poco atractivo para la inversión y la migración. El país entró en paz en el último tercio del siglo bajo el mando de hierro de Porfirio Díaz. Una vez más el Gobierno, pero ahora con éxito, trató de captar la mirada, los capitales y los migrantes de Estados Unidos y de Europa. La construcción de infraestructura y el desarrollo industrial imprimieron unos bríos en la economía de México que jamás se habían conocido. Miles de emigrantes europeos llegaron al país para administrar los negocios y prestar servicios en diversos sectores de la economía mexicana. La fiesta terminó en 1910 con el inicio de una nueva guerra civil denominada Revolución Mexicana. Al finalizar dicha década, había muerto la décima parte de la población de un país con diez millones de habitantes; y miles de mexicanos huyeron a Estados Unidos para refugiarse del caos. Este suceso, junto con el despegue inigualable de la economía norteamericana, marcó el inicio de las grandes oleadas migratorias de mexicanos hacia Estados Unidos.
En México no ha cesado la diáspora hacia Estados Unidos desde inicios del siglo XX. Para el México rural y urbano marginal, prácticamente la única migración imaginable es irse palNorte: Estados y Canadá. Miles de pueblos habitados desde el periodo novohispano son hoy comunidades de ancianos, niños y mujeres; otros son pueblos fantasmas. Mirar hacia el sur, impensable. Una frase popular lo simplifica: no vamos de Guatemala para entrar a Guatapeor. Otros emigrantes mexicanos se han dirigido a Europa. Comúnmente son jóvenes de clases medias y acomodadas que buscan salir del marasmo de tedio, aburrimiento e inseguridad de México o simplemente quieren cambiar de vida. Este grupo de emigrantes son los menos. El imaginario ha clasificado a los mexicanos y sus parientes en el extranjero en tres grupos: los ricos tienen parientes en Europa; los pobres, en Estados Unidos, y la clase media en San Luis Potosí (estado del centro-norte de México).
En el pasado de México, los flujos migratorios han sido constantes en cuanto a perfiles y a destinos. Las clases acomodadas que pudieron huir con sus bienes del México bronco del siglo XIX y primer tercio del siglo XX se marcharon a Europa y a los centros urbanos de Estados Unidos. El propio presidente Porfirio Díaz, héroe de guerra contra los franceses en tiempos de Napoleón III, se exilió en Francia y sus restos permanecen en París desde 1915. La diáspora mexicana ha encontrado en los antiguos territorios mexicanos de California, Texas, Nuevo México y Arizona la paz y el progreso que México les negó. Para ello, un botón de muestra: José Hernández, cuyos padres michoacanos emigraron como campesinos hacia California hace algunas décadas, fue miembro de la tripulación del último vuelo del trasbordador espacial Columbia.
Como país receptor, México vivió tres grandes olas migratorias a lo largo del siglo XX. La primera fue durante el Gobierno de Cárdenas, que acogió a los republicanos españoles expulsados durante la Guerra Civil: muchos de éstos pusieron en marcha instituciones civiles, académicas y culturales que siguen siendo pilares en México; y también se incorporaron gentes del común, quienes suplieron su limitada instrucción con tenacidad y perseverancia, y crearon empresas que hoy tienen presencia mundial.
La segunda gran ola migratoria fue protagonizada por sudamericanos y centroamericanos que huían de la persecución política en la década de los sesenta y setenta. Miles de ellos se repatriaron una vez pasado el temporal en sus tierras: guatemaltecos y salvadoreños abandonaron Chiapas y Tabasco para regresar a sus comunidades. Españoles, argentinos y chilenos abandonaron las zonas urbanas de Guadalajara y de Ciudad de México para regresar a Madrid, Buenos Aires o Santiago de Chile.
Los hijos del baby boom estadounidense son los protagonistas de la tercera ola: se calcula que alrededor de mas de dos millones de estadounidenses han venido a México para disfrutar sus últimos años en ciudades y centros de descanso como San Miguel de Allende, Rosarito, Los Cabos, Cancún, Cuernavaca; y han dinamizado la industria inmobiliaria mexicana.
Las olas migratorias de mexicanos y de latinoamericanos, en general, han invertido ya las gráficas migratorias de Estados Unidos. En el siglo XIX, diez millones de europeos llegaron a esas tierras. Durante los siglos XX y XXI, la migración latinoamericana ha inyectado juventud y dinamismo económico a una población envejecida, y sus miembros son ya la primera minoría y serán la mayoría en el próximo siglo, de mantenerse las tendencias actuales. Sin embargo, siguen en pie los retos de la integración y del control de una migración ilegal que se contabiliza por millones, que no habla inglés y que no se adapta a la cultura angloparlante.
Las relaciones migratorias entre México y Estados Unidos durante las últimas décadas serán tema de próximas entregas.