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Nº 32 - 06 SEPTIEMBRE 2009
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María Rodríguez Almeida, La maldición

Una extraña maldición se ceba principalmente en los hijos de emigrantes franceses de segunda o tercera generación. ¿Misteriosa malformación genética? ¿Tara cultural? Resulta que estos chicos y chicas se empecinan desde su más tierna infancia en hacinarse en barrios conflictivos, matricularse en colegios de mala fama (ZEPs), seguir estudios desprestigiados (STG) y terminar siendo mayoritarios en las listas de parados de larga duración y en el último censo de inquilinos de prisiones.

Los actuales dirigentes de la III República se inclinarían por la pista genética, habiendo así propuesto un seguimiento de futuros delincuentes desde la guardería (a la espera de que los avances científicos permitan detectarlos con la primera ecografía). Sin embargo, la vox populi, impregnada de sabiduría ancestral, se decanta invariablemente por la interpretación cultural. El tan manido, pero claro y contundente: “ya se sabe que no son como nosotros”.

Yo, humildemente, desde estas líneas me dispongo a proponer una tercera interpretación de este extraño y nunca oído fenómeno y, además, quisiera rendir homenaje a una injustamente ignorada invención francesa. Sí, señores, junto a la guillotina y los derechos humanos Francia ha estructurado, perfeccionado y puesto en práctica un sistema infalible de exclusión invisible. El susodicho vendría funcionando como una campana de vidrio, de paredes impecablemente transparentes. El individuo segregado ni la ve ni la siente, salvo si tiene la mala idea de intentar salir de ella (buscando trabajo reservado a cuadros superiores: peluquera, relaciones públicas o presentador de televisión, por ejemplo). Aquí, batacazo asegurado, porque la dichosa campanita tiene paredes sólidas, que ni política de cuotas, ni educación mixta, ni coexistencia cotidiana generación tras generación han logrado resquebrajar.

Maravilloso mecanismo, inserto en el corazón mismo de instituciones encargadas de gestionar el ascensor social, como la escuela. Nadie ve nada desde dentro ni desde fuera. No hay culpables, sólo víctimas. El crimen perfecto hecho arte. Un apartheid interior.

Atrapados en ese laberinto de espejos nacen, malviven y mueren generaciones de franceses cuyos padres o abuelos vinieron de África negra o del Magreb. Su frustración estalla episódicamente en la quema de coches, actitud que no hace sino alimentar el círculo vicioso de la estigmatización. ¿Hasta cuándo seguiremos así? ¿Cuántos más serán aún sacrificados? ¡Don Quijote, hemos olvidado cómo se lucha contra monstruos invisibles, cómo romper cadenas intangibles! ¡Cómo haría aquí falta un Padre Las Casas para gritar a la cara de las instituciones: “¡¡¡Éstos también tienen alma!!!”

 


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